Llueve... abundantemente. Cierro los ojos y elevo mi rostro en busca del cielo. De una vez me colma de satisfacción.
Aumenta la lluvia progresivamente convirtiéndose en un aguacero. Nos perdemos entre las fluidas cortinas. Refugio, todos buscamos un refugio donde aguardar. Carreras perdidas en todas direcciones. Todos queremos escapar de la tromba que cae una tarde de otoño por las callejuelas de Madrid. Bajo un árbol no muy tupido aguardo para poder continuar...
El diluvio persiste, debo salir de aquí aunque me empape. Una mujer cae redonda escurriéndose sobre la pista de asfalto que ahora se vuelve marea. Agarramos entre dos brazos al cuerpo lastimado y nos adentramos bajo el soportal de una comunidad donde decenas de ojos silenciosos nos examinan. Rostros inanimados que aguardan al sol que no muestra su identidad. Empapados hasta el alma nos sumamos a la manifestación sin escapar palabra. Tras nuestros pasos se suman más y más cuerpos perdidos entre aguas salvajes y protegidos por manos desconocidas que se entrelazan sin mirarse.
En el refugio estamos unidos sin conocernos y el calor mutuo nos acompaña. Cada ser alberga pensamientos ocultos, deseos y esperanzas íntimas. Nadie se va. Permanecemos con las manos yuxtapuestas en el interior de un patio agreste y sombrío.
En mi cabeza la música de mis recuerdos evade mis sentimientos. Aquel día mecía su cabello de un lado a otro, sin poder ver su rostro, bailábamos entre sábanas de algodón. La música crece en mis rincones. Grito a la lluvia que desvanece la danza de su cuerpo golpeando el mío. Su melena bravía vuela ocultando su rostro. Su curvas recubren las mías mientras sollozos estremecidos agobian mi cabeza. Nuestras manos entrelazadas dirigen las notas de una pared a otra de la habitación. El piano acompaña los sabores de tu piel, el sentimiento brota por mi boca enloquecido sin detener la suerte de caricias que mis besos provocan. Aún se eriza el vello de mis brazos, aún beso tu boca.
Lluvia... que tras la tormenta traes el vendaval de la pasión. Sostengo tu cadera sobre la mía en el tobogán de mis acordes. La música continúa en mis oídos, suenan los rayos junto a la armonía terrible de amor, odio, rabia y frustración.
Canto conmigo, canto contigo. Entre las sábanas bailas sobre mí. Nuestra danza prosigue durante la esperanza de la muerte plena de los sentidos que ahora callan. El silencio del olvido mientras toco el piano de mi ordenador dejando volar la imaginación que fallece.
Llueve... seguimos unidos en un patio cubierto que nos quita del dolor, del aguacero, de la tormenta. Manos desconocidas entrelazadas se funden en el calor del amor prójimo.
El cielo se derrumba durante instantes de cólera. El mal tiempo que destierra el bueno. El bueno que volverá a castigar al malo.
Una chica rubia, preciosa, sin mirar a ningún sitio marcha de la formación desnudándose y exponiéndose al chaparrón. Le sigue un señor de cierta edad despojándose de la indumentaria grisácea y abandona sus zapatos nuevos tras sus libres pisadas. Sigue caminando hacía la calle, en su propia dirección, en su propio camino sin importar lo que el exterior le dará. Otro y otro y otro... Salen todos con sólo la tímida desnudez.
Yo no me quito la ropa, yo no porto prenda alguna. No tengo nada que proteger, no hay nada que tapar. Expuesto pierdo la protección de un patio barroco y firme. El movimiento de mi ruta silba mi canción bailando con mis sentimientos, mi amor por lo bello envuelve mi piel y camino buscando la inalcanzable utopía.
Soy yo.