22/12/11

Mis deseos de Navidad.

Sólo tres cabecitas se elevan más allá del alféizar mientras otros tantos duermen o tiemblan bajo las gastadas colchas de la Residencia "Prosperidad". Más de una veintena de chiquillos aguardan una noche de bondad, de regalos y felicidad. 


Esperan ansiosos un trineo tirado por robustos renos y un señor con la barba blanca y vestido de rojo. Quieren escuchar, para variar, una sonrisa despreocupada, sentir un tierno abrazo y confiar en aquél al que desconocen. 


Josito, Mirenchu y Albert contemplan las lejanas estrellas buscando a Papá Noel. Mirar, mirar lo veo dice Albert y un remolino de niños fluye tras él. 


Unas luces rojas y blancas se encienden y se apagan en el cielo como árbol de Navidad, son los cascabeles que vuelan en los cuernos de los renos dice Mirenchu. Pedir los deseos, cerrar los ojos y no los digáis. Gargantas precipitadas formulan en alto lo que no se cumplirá. Que no me pegue papá, que no venga mamá... No quiero estar solo nunca más...


El más pequeño del grupo, chupete en boca, no articula palabra y señala con el dedo el carruaje volador, agita la cabeza llorando desconsolado con la única familia que conoce a su alrededor...


Deseo que no sea necesario desear... 




Un beso para todos y desde este rincón aguardo la felicidad... 




22/11/11

Olvidando mi propio yo.

Para los que pierden el rumbo en el viaje de la vida...




Abrí los ojos de nuevo entre malezas y mosquitos, calor y humedad. Apoyé las manos en el barro, había llovido abundantemente aunque el cielo ya no se encontraba tapado por nube alguna. Un ruido ensordecedor se aproximaba raudo hacía mí. No podía ver absolutamente nada, la selva me abrazaba bajo su tupida vegetación y me tenía a sus pies. No sentía miedo, no sentía dolor, sin embargo era incapaz de mover un músculo.

Un grupo poco numeroso de gacelas saltaron por encima del fango y de mi quietud. Tan fugaces como la luz que abrió pasos a los colmillos de una leona que mantuvo sus zarpas sobre mis hombros. Amenazante dejaba caer el miedo a mi rostro y asestó sus dientes en mi garganta asfixiándome en la brevedad de un terrible instante en el que mi boca sonrió por última vez.

Abrí los ojos de nuevo frente al cegador sol de verano del desierto de Las Vegas. El público asistente al rodeo gritaba aclamandome, era consciente que ocupaba el destino de esos alaridos tan extraños, no entendía nada, sus palabras carecían de contenido. Sonreí. Un enorme lomo negro se removía bajo mis piernas enredado en una carcel de acero, resoplaba sin detenerse un momento. Sudaba, pera sabía con certeza lo que debía hacer. Agarré con fuerza decididala soga que el animal coronaba y me ví volando dirección a la abrasante luz, atrapé los lacrimosos ojos de Isabel mientras mi último vuelo se asertó en el pitón derecho de aquel montaraz animal. Una lágrima ensangrentada brotó aislada.

Abrí los ojos de nuevo retirando el casco que me obligaba a levantar la barbilla, silbaban amtrelladoras a mi alrededor y sólo pensaba en casa, leyendo el periodico y disfrutando de un café caliente, hirviendo y las manos de Isabel acariciando las mías y ofreciendo unas pastas de té. Tan lejano que realmente no sabía si era yo la persona que protagonizaba mis propios pensamientos. Me asusté, desconocía mi propia identidad. ¿Qué hago aquí? Me levante y observé el horizonte paglado de fuego y humo. Mi pulmón se abrió reventado por una maldita bayoneta que abría mi costado helado y yermo. Mis labios marcaron una sonrisa ya fallecida y me derrumbé en el vacío sin el dolor de vivir.

Abrí los ojos por primera vez en el vientre de una madre que no era la mía, en un lugar que no era el mío, con un cuerpo que no era el mío. Unas ásperas manos sostuvieron mi sonrisa cuando por fin pude contemplar la sonrisa de Isabel. Me llamó hijo.

27/10/11

Llueve.


Llueve... abundantemente. Cierro los ojos y elevo mi rostro en busca del cielo. De una vez me colma de satisfacción.

Aumenta la lluvia progresivamente convirtiéndose en un aguacero. Nos perdemos entre las fluidas cortinas. Refugio, todos buscamos un refugio donde aguardar. Carreras perdidas en todas direcciones. Todos queremos escapar de la tromba que cae una tarde de otoño por las callejuelas de Madrid. Bajo un árbol no muy tupido aguardo para poder continuar...

El diluvio persiste, debo salir de aquí aunque me empape. Una mujer cae redonda escurriéndose sobre la pista de asfalto que ahora se vuelve marea. Agarramos entre dos brazos al cuerpo lastimado y nos adentramos bajo el soportal de una comunidad donde decenas de ojos silenciosos nos examinan. Rostros inanimados que aguardan al sol que no muestra su identidad. Empapados hasta el alma nos sumamos a la manifestación sin escapar palabra. Tras nuestros pasos se suman más y más cuerpos perdidos entre aguas salvajes y protegidos por manos desconocidas que se entrelazan sin mirarse.

En el refugio estamos unidos sin conocernos y el calor mutuo nos acompaña. Cada ser alberga pensamientos ocultos, deseos y esperanzas íntimas. Nadie se va. Permanecemos con las manos yuxtapuestas en el interior de un patio agreste y sombrío.

En mi cabeza la música de mis recuerdos evade mis sentimientos. Aquel día mecía su cabello de un lado a otro, sin poder ver su rostro, bailábamos entre sábanas de algodón. La música crece en mis rincones. Grito a la lluvia que desvanece la danza de su cuerpo golpeando el mío. Su melena bravía vuela ocultando su rostro. Su curvas recubren las mías mientras sollozos estremecidos agobian mi cabeza. Nuestras manos entrelazadas dirigen las notas de una pared a otra de la habitación. El piano acompaña los sabores de tu piel, el sentimiento brota por mi boca enloquecido sin detener la suerte de caricias que mis besos provocan. Aún se eriza el vello de mis brazos, aún beso tu boca.

Lluvia... que tras la tormenta traes el vendaval de la pasión. Sostengo tu cadera sobre la mía en el tobogán de mis acordes. La música continúa en mis oídos, suenan los rayos junto a la armonía terrible de amor, odio, rabia y frustración.

Canto conmigo, canto contigo. Entre las sábanas bailas sobre mí. Nuestra danza prosigue durante la esperanza de la muerte plena de los sentidos que ahora callan. El silencio del olvido mientras toco el piano de mi ordenador dejando volar la imaginación que fallece.

Llueve... seguimos unidos en un patio cubierto que nos quita del dolor, del aguacero, de la tormenta. Manos desconocidas entrelazadas se funden en el calor del amor prójimo.

El cielo se derrumba durante instantes de cólera. El mal tiempo que destierra el bueno. El bueno que volverá a castigar al malo.

Una chica rubia, preciosa, sin mirar a ningún sitio marcha de la formación desnudándose y exponiéndose al chaparrón. Le sigue un señor de cierta edad despojándose de la indumentaria grisácea y abandona sus zapatos nuevos tras sus libres pisadas. Sigue caminando hacía la calle, en su propia dirección, en su propio camino sin importar lo que el exterior le dará. Otro y otro y otro... Salen todos con sólo la tímida desnudez.

Yo no me quito la ropa, yo no porto prenda alguna. No tengo nada que proteger, no hay nada que tapar. Expuesto  pierdo la protección de un patio barroco y firme. El movimiento de mi ruta silba mi canción bailando con mis sentimientos, mi amor por lo bello envuelve mi piel y camino buscando la inalcanzable utopía.

Soy yo.



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